Nuestro primer atolón. El 16 de abril a las 6,30 horas entramos. Es el segundo mas grande del archipiélago. Habíamos programado la hora de entrada haciendo una navegación lenta la noche anterior porque hay que tener en cuenta las mareas para poder atravesar el paso. Los atolones son como botellas de agua volcadas de forma que cuando baja la marea se vacían provocando una fuerte corriente en su entrada y viceversa. Si no tienes en cuenta este fenómeno puedes acabar estrellado contra un arrecife -como les ha pasado a muchos veleros-.
Aquí estábamos situandonos en el paso, visto por babor y por estribor.
A pesar de los libros consultados, de los comentarios con los tripulantes de otros barcos, de la ilusión de conocer un atolón, en el momento de la entrada no me lo puedo creer. La sensación, aparte del susto de que rebasemos sin problemas el paso, es un subidón. Me siento privilegiada por esto. No puedo decir que sea el lugar que siempre soñé visitar porque cuando veía algún documental me parecía algo tan lejano e irreal que nunca pensé que pudiera visitarlo ni mucho menos poder hacerlo en velero y vivirlo de esa manera. Así entramos, con tal solo 2 nudos de corriente, Jorge en la botavara y yo en la proa mirando al fondo para no chocar con ninguna "patata" (coral), siguiendo las zonas de color azul mas oscuro y huyendo de las de color verde o amarillento, por ser de escaso fondo. Poco a poco vamos confiando mas en nuestro navegador que nos muestra a la perfección el fondo y también ayudados por una excelente señalización.
Así llegamos frente al poblado de Rotoava, donde tiramos el ancla mientras nos cae una buena lluvia y ¡A DORMIR!.
El primer día descansamos en el barco, nos bañamos muertos de miedo porque sabemos que hay tiburones y contemplamos la espectacular vista, un derroche de colores, que nos ofrece el arrecife que tenemos alrededor. Estamos en una piscina en medio del Pacífico.
Paseamos por motu de buena mañana con un considerable calor, vemos dos supermercados, una panadería donde compramos un delicioso pan de coco y nos llama la atención los pocos muebles que tienen las casas abiertas de par en par y sus habitantes tumbadazos en el suelo, desde donde amablemente nos saludan con su IA ORANÁ.
Mientras nos cambiamos a otro lugar cerca de la entrada para pasar la noche y salir pronto a la mañana siguiente, pillo a Jorge en plena meditación mirando una casita que hay en un motu. ¿Que pensará?.
El pueblo, que está a la entrada es precioso
Cuando nos fondemaos se levanta mucho viento y hace que estamos muy incómodos y tanto noviemto que no nos atevemos a dejar el baco solo e ir a tierra, por lo que decimos salir al día siguiente rumbo a Tahiti. Miguel programa el navegador para calcular las millas y la mejor hora de salida mientras contemplamos la puesta de sol.





































































































