A la salida el timón patina un poco, pero pronto vuelve a la normalidad y no le damos mayor importancia. Durante la travesía lo oímos crujir y comenzamos a preocuparnos, pero menos de lo que en realidad hubiéramos debido.
Como en todas las travesías nos acostumbramos a la rutina de siempre: el movimiento del barco, las guardias nocturnas de dos horas cada uno, los turnos para hacer la comida, reparar las averías que se van produciendo SIN PARAR, rizar velas cuando vemos amenaza de chubasco, en fin...la vida de abordo. Seguimos con la preocupación de siempre de que no vamos a encontrar comida en los atolones, con lo que llevamos el barco hasta los topes. Intentamos pescar durante el camino porque pensamos que una vez lleguemos, ya no vamos a poderlo hacer por miedo a la cigüatera. Gracias a Dios se nos escapa una barracuda tremenda, otra se lleva el cebo, nuestro mejor pececito y al final cuando parece que ya tenemos a un gran atún, nos despistamos los tres con la pesca y nos pilla un chubasco que hace subir el viento a 38 nudos y nosotros con todo el trapo, de manera que yo me quedo con la caña tirando del pez de mala manera mientras que Miguel y Jorge tienen que rizar velas y controlar el barco. ¡Un sustito de nada!. A pesar del incidente conseguimos que no se escapara el pez.
En este atolón y con la sensación de estar en medio del pacífico fondeados y con una buena lluvia, nos ponemos a dormir tranquilamente.